Ser hincha chileno en un Mundial sin Chile: la experiencia de apoyar a Argentina y Brasil

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Ser hincha chileno en un Mundial sin Chile: la experiencia de apoyar a Argentina y Brasil

La primera vez que me tocó ver un Mundial sin Chile, tenía doce años y no entendía bien qué significaba aquello. Mi padre ponía la televisión de todas formas. Los partidos seguían ahí, con sus colores y sus himnos y sus multitudes que llenaban estadios que para mí eran lugares casi míticos. Pero algo faltaba. Una tensión diferente, ese tipo de ansiedad que solo existe cuando es el tuyo el que juega. Y sin esa tensión, sin esa bandera propia, la pregunta llegó sola: ¿y ahora a quién le voy? La respuesta, como para tantos hinchas chilenos en el Mundial que vivieron lo mismo, no fue simple ni inmediata.

El ritual de elegir sin elegir

No recuerdo haber tomado una decisión consciente. Recuerdo que simplemente empecé a saber cuándo jugaba Argentina. A conocer el nombre de los titulares. A esperar los resultados con algo que no era exactamente entusiasmo pero tampoco indiferencia. Era una especie de adhesión por defecto, el tipo de cosas que ocurren cuando no tienes alternativa más cercana y el fútbol, como el agua, siempre encuentra por dónde pasar.

Con Brasil era distinto desde el principio. Brasil siempre fue espectáculo antes que identidad. Ver jugar a Ronaldinho en el 2002 no requería ninguna explicación emocional. Era simplemente imposible no mirarlo. El fútbol que practicaba era de otra escala, de otra velocidad mental, de otra alegría. Uno se enganchaba al Brasil de ese año como uno se engancha a una película extraordinaria: no porque tenga que hacerlo sino porque no puede parar.

Esa diferencia persiste hoy, en conversaciones con otros hinchas chilenos. Argentina te atrapa por cercanía, por familiaridad, por todo lo que ya sabes de esa selección y de esa cultura futbolística. Brasil te atrapa por belleza, por la promesa de un tipo de juego que no se parece a ningún otro. Y el hincha chileno, según su temperamento y su historia, termina inclinándose hacia uno de esos dos caminos. O hacia los dos al mismo tiempo, según cómo vaya el torneo y quién ofrezca el partido más interesante en cada ronda.

Las conversaciones que el Mundial genera

Un Mundial sin Chile no se vive en silencio. El fútbol nunca se vive en silencio. Lo que cambia es el idioma de la conversación. En lugar de hablar de la Roja, uno habla de lo que hizo el técnico argentino, de por qué Brasil llegó o no llegó a la final, de qué jugador marcó diferencia en un partido determinado. Y esa conversación, aunque sea sobre equipos ajenos, sigue siendo fútbol. Sigue generando el mismo tipo de comunidad temporal que el Mundial siempre produce alrededor de quien esté dispuesto a participar.

He estado en reuniones donde diez personas diferentes tenían diez opiniones diferentes sobre Messi. Argentinos que lo defendían con una pasión que no admitía matices. Chilenos que preferían ver el funcionamiento colectivo del equipo antes que concentrarse en el genio individual. Brasileños que todavía insistían en que Ronaldinho, en su mejor versión, era un escalón diferente. Esa conversación no habría existido si cada uno hubiera elegido mirar solo desde su casa. El Mundial la habilita. Y el hincha chileno, aunque venga sin bandera propia que defender, participa de ella con una perspectiva que a veces resulta más libre y más amplia que la del hincha nacional de turno.

La libertad del hincha sin presión directa

Hay algo que pocos dicen abiertamente pero que los hinchas chilenos que han vivido esto varias veces saben con certeza: seguir a Argentina o Brasil en un Mundial sin Chile tiene una ventaja curiosa. Uno puede disfrutar sin sufrir del mismo modo que lo hace el hincha nativo. La derrota duele, sí, pero no como duele perder cuando es el tuyo. Hay una capa de amortiguación emocional que permite ver el fútbol desde un ángulo diferente.

El hincha argentino sufre como si le fuera la vida cuando su selección pierde. Ese nivel de intensidad es hermoso de ver desde afuera, pero también agotador de vivir desde adentro. El chileno que sigue a Argentina en un Mundial lleva puesto un chaleco más liviano. Puede apreciar la táctica, las decisiones del técnico, los errores individuales, con una calma que el hincha propio raramente tiene en los momentos de máxima presión.

Eso tiene valor real. El Mundial, visto desde esa distancia moderada, se convierte en algo más parecido a un laboratorio de fútbol. Se aprende más. Se discute con menos ego en juego. Se puede cambiar de opinión sin que eso signifique una traición a nada. Y cuando Chile vuelva a clasificar, uno llega al torneo con más elementos para entender lo que ve y para exigir lo que corresponde.

Los momentos que quedan grabados

Hay instancias que cualquier chileno que haya seguido a estas selecciones durante varios mundiales recuerda con nitidez. Las lágrimas de Ronaldo en la final del 98, cuando Brasil perdió con Francia en París de una forma que nadie terminó de entender del todo. La explosión de Ronaldinho en el 2002, ese torneo donde Brasil jugó un fútbol que parecía de otra categoría. La final de Alemania 2014, donde Argentina llegó hasta el último partido y perdió en el alargue ante los locales de una forma que todavía genera debate. El Mundial de Rusia 2018, donde Brasil cayó ante Bélgica en cuartos de final de una manera que a nadie convencía como justicia deportiva.

Esos momentos los compartió el mundo entero. Pero los chilenos los compartieron con una particularidad: sin el ruido de la propia selección compitiendo al mismo tiempo. Los vieron con mayor claridad, de alguna forma. Sin la ansiedad que nubla la vista cuando es uno quien juega y cualquier detalle puede ser la diferencia entre seguir y volver a casa.

Eso crea un tipo de memoria futbolística particular. No de victorias propias. De grandes momentos de un fútbol que, aunque ajeno, uno sintió cerca. Y que sigue siendo parte de lo que uno entiende y valora cuando habla de fútbol.

Cuando la rivalidad complica las cosas

No todo es tranquilo ni sencillo, por supuesto. La relación de Chile con Argentina en el fútbol tiene una historia propia que no desaparece por el hecho de que Chile no esté en el torneo. Hay hinchas chilenos que no apoyarían a Argentina en ningún contexto imaginable. Para ellos, el Mundial sin Chile es un evento que se sigue de lejos, con neutralidad activa y sostenida. Ven los partidos, sí. Pero no hinchan por nadie. Mantienen una distancia que consideran más honesta que adoptar colores ajenos, y esa posición tiene su propia dignidad.

Eso también es válido y más común de lo que los medios reflejan. Lo que sí resulta difícil de sostener es la indiferencia total durante cuatro semanas de torneo de alto nivel. El fútbol siempre encuentra la manera de meterse. Y cuando lo hace, el hincha chileno tiene que encontrar dónde poner esa energía que el Mundial activa de forma casi automática.

Brasil, en ese contexto, suele resultar más accesible para quienes no pueden con Argentina. La rivalidad no tiene el mismo peso histórico inmediato. Y el fútbol brasileño, en sus mejores versiones, ofrece motivos estéticos para el seguimiento que no dependen de la rivalidad ni de ningún afecto obligado por razones geográficas.

Lo que esto dice de nosotros como hinchas

Seguir a Argentina o Brasil cuando Chile no está en el Mundial no es una debilidad ni una traición a ningún principio. Es la respuesta natural de gente que ama el fútbol y que necesita encontrar un lugar donde poner ese amor durante el evento más grande del deporte mundial.

Lo que resulta más interesante es lo que eso revela sobre la identidad futbolística chilena en su conjunto. Que puede adaptarse sin romperse. Que no es rígida ni frágil. Que el hincha chileno es capaz de disfrutar el fútbol aunque su equipo no esté en la cancha, aunque tenga que hacerlo con colores que no son los suyos y sin la garantía de que eso le genere la misma intensidad que siente con la Roja.

Y quizás eso, más que cualquier resultado, es lo que más dice sobre cómo vivimos el fútbol en Chile. No solo cuando ganamos o cuando clasificamos. También en el silencio de los mundiales sin Roja. En esa forma particular de seguir presente, de seguir mirando, de seguir hablando de fútbol aunque sea con la voz prestada de quien sigue a otro.

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Amin Mubarak

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